Por Ismael Clark Arxer
Desde tiempos inmemoriales los humanos hemos ansiado conocer por anticipado el futuro. Videntes, oráculos y adivinadores de todo tipo abundan en la historia de la humanidad. La astrología, practicada virtualmente en todas las civilizaciones y que pretendía anticipar el destino de las personas y los hechos futuros a partir de la observación de la posición y el movimiento de los astros, precedió a fin de cuentas a las observaciones más rigurosas que hoy conocemos como astronomía. En ciertas creencias africanas con las que los cubanos tenemos un vínculo cultural aparece el sistema adivinatorio basado en los "signos de Ifá", cuya impronta en el lenguaje popular ha quedado en la expresión "echarse los caracoles".
La ciencia moderna exhibe en particular como una de sus mayores conquistas la capacidad adquirida, mediante el descubrimiento y descripción (preferentemente en forma matemática) de las leyes que rigen en la Naturaleza, para predecir el desarrollo ulterior de variados procesos a partir del conocimiento, entre otros aspectos, de sus antecedentes. Si volvemos al ejemplo de la astronomía, ésta no se hizo capaz de predecir el porvenir de los hombres pero sí de anunciar con notable exactitud el acontecimiento de eclipses, el paso fugaz de cometas por nuestro horizonte visual y otros muchos fenómenos celestes. Hoy la propia ciencia sabe que algunos procesos no pueden predecirse de forma absolutamente precisa, en virtud de su complejidad, pero en general sigue siendo válida la afirmación de que el conocimiento científico es el mejor instrumento de que dispone la humanidad para asomarse al futuro.
Durante el siglo pasado, alcanzaron a desarrollarse y forman parte del arsenal metodológico de la ciencia procedimientos encaminados a lograr, sobre una base multidisciplinaria, la formulación de pronósticos, de anticipaciones razonablemente fundamentadas. Sólo sería de lamentar el hecho de que en su origen mismo el motor impulsor fue el tratar de predecir el impacto de la tecnología en la guerra. Aún así, hay que admitir que con la elaboración y perfeccionamiento de tal tipo de procedimientos la futurología pasó de ser de un objeto de sonrisa a un tema sumamente serio y por momentos sombríos y la prospectiva gana cada vez mayor crédito como la ciencia que estudia el futuro para comprenderlo y poder influir en él.
Todo lo antedicho es de especial interés en épocas de cambio, o mejor, en cambios de época como al que asistimos. Un componente de enorme relieve en la actualidad es la crisis generalizada (financiera, económica, alimentaria, ambiental, demográfica, etc.) que sacude hoy a las sociedades humanas. En ese complicado escenario adquieren particular relieve los estudios y consideraciones, asentados en procedimientos serios y rigurosos, de base científica, que se realizan con diversas motivaciones para anticipar lo que puede ocurrir en las próximas décadas de este siglo XXI, el cual será al parecer memorable por muchos motivos.
Parece de particular interés examinar un muy reciente estudio prospectivo realizado por un equipo especial para la norteamericana Corporación Rand, a solicitud de su División de Seguridad Nacional. El mismo versa acerca del impacto previsible desde ahora y hasta el horizonte del 2020 que ha de tener la confluencia e integración de varias tecnologías actualmente en plena expansión y despliegue, de las que se han dado en llamar por algunos "tecnologías habilitantes" ("habilitan" para la civilización ulterior a quienes las empleen y dejan en el retraso profundo a quienes las ignoren o no puedan alcanzarlas). Otros, por cierto, prefieren calificarlas con cierta alarma como "tecnologías desestabilizadoras", por su presumible capacidad de alterar el actual estado de cosas en muchas sociedades.
El estudio, publicado bajo el título: "La Revolución Mundial en la Tecnología 2020: Análisis en Profundidad", anticipa que para el citado año los países del mundo podrán con bastante certeza encuadrarse en cuatro grandes grupos, en dependencia -siempre al decir de los autores del estudio- de la medida en que cuentan con condiciones favorables para una amplia utilización de estas tecnologías, o están en capacidad de crear esas condiciones en el periodo hasta entonces. Para ello estudiaron en una muestra de 29 países la viabilidad de un número de las que denominaron "aplicaciones tecnológicas integradas", surgidas o capaces de fructificar a partir de la aplicación combinada de los avances de las bio y nano ciencias, el desarrollo de nuevos materiales y de las ciencias aplicadas a la información y las comunicaciones.
Según los resultados de ese análisis, la difusión en el uso de tal convergencia tecnológica habrá de generar cambios sustanciales en el modo de vida de las sociedades en los próximos once años. El abanico de posibilidades que dicho ejercicio pone sobre el tapete es de una variedad y profundidad alentadora, como el desarrollo de formas baratas de uso de la energía solar, de cultivos perfeccionados mediante manipulación genética, de filtros y catalizadores capaces de purificar o descontaminar grandes volúmenes de agua e incluso de una verdadera revolución en la realización de exámenes médicos con fines diagnósticos y la administración de medicamentos, en virtud de la cual la frontera entre uno y otro paso del proceder facultativo tenderá a desdibujarse para dar paso a una nueva situación que podría describirse con el sonoro neologismo de "teragnóstico". La panacea, no obstante, no alcanzará para todos: los países más "avanzados" en lo económico y con mayor desarrollo científico serían los que tendrían la máxima capacidad para incorporar esta convergencia tecnológica; integrarían ese grupo Norteamérica, Europa Occidental, Australia y los países desarrollados del Este Asiático como Japón y Corea del Sur. En el siguiente nivel de accesibilidad a esta transformación quedarían enmarcados la mayoría de los restantes países de Asia y de Europa del Este. En un tercer estrato vendrían los países de Latinoamérica, parte del sureste asiático, Turquía y Sudáfrica, todos con una capacidad significativamente menor para incorporar estas tecnologías integradas. Por último, sin una idea clara de cual pudiera ser a fin de cuentas su destino, habría que considerar a los países con una capacidad objetivamente mínima para asomarse a estos desarrollos, cual sería el caso de la mayor parte de África y el Medio Oriente, de los países del Caribe y las islas del Pacífico.
El estudio nada dice -y no puede culpársele por eso porque no era su objetivo- de las consecuencias que el acceder o no a tales tecnologías integradas puede tener para el futuro desenvolvimiento social de los países, ni de si las actuales desigualdades entre riqueza y pobreza habrán de atenuarse o de agravarse. Más bien se afirma de modo un tanto críptico que "las diferencias entre países respecto a esta revolución tecnológica global estarán dadas por la capacidad y las necesidades de cada nación".
En cualquier caso, el entusiasta optimismo que rezuma el informe citado contrasta con la admonitoria advertencia contenida en otro análisis de expertos de muy seria factura e indudable rigor. La conocida organización internacional dedicada a los temas ambientales conocida como "Fondo Mundial para la Naturaleza" (WWF, por sus siglas en inglés) hizo público recientemente un nuevo informe sobre la situación de la Tierra denominado "Informe sobre el Planeta Viviente 2008." En él se pone de relieve que el gasto anual de recursos naturales y las alteraciones producidas al entorno fue en ese año un 31% superior a la capacidad de los sistemas del planeta para producir o restituir esos recursos. En otras palabras: a la Tierra le toma más de un año y tres meses regenerar lo que consumimos en uno (¡!): Se ha calculado que por cada hipotético habitante "promedio" del planeta sería razonable disponer cada año de los recursos naturales teóricamente contenidos en 2,1 ha de la superficie terrestre. Pero la realidad es bien diferente. En tanto algunos países como Haití o Afganistán no alcanzan a consumir ni siquiera el equivalente a 0,5 ha, otros como los de la Unión Europea demandan anualmente el equivalente a 4,7 ha y los campeones del consumismo como Estados Unidos llegan a la casi increíble cifra de 9,4 ha equivalentes por año: el doble que los europeos y el cuádruplo de lo que sería admisible para que todos compartamos el mundo en que vivimos.
La consecuencia directa para el futuro cercano de esa depredación desenfrenada no puede ser más elocuente: al ritmo actual de consumo de recursos y generación de desechos harían falta en el 2030 DOS PLANETAS TIERRA para sostener a la Humanidad lo cual es, a todas luces, imposible.
No debiera tomarnos por sorpresa este vaticinio. Ya en el año 2000 un grupo multinacional y multidisciplinario de científicos, convocado por la Universidad de Harvard llevaron a cabo un taller científico en la pequeña localidad sueca de Friibergh, como resultado del cual emitieron una declaración que entre otras cosas puntualizaba desde entonces que: "El presente camino de desarrollo mundial no es sostenible". En los medios científicos de todo el mundo se reconoce desde entonces la necesidad de desarrollar una "ciencia de la sostenibildad" llamada a esclarece entre otras interrogantes la reconfiguración de las interacciones entre naturaleza y sociedad -que incluyen la cuestión del consumo y el crecimiento de la población- "a la luz de las tendencias a largo plazo en cuanto a ambiente y desarrollo".
En un reciente artículo publicado en la revista científica divulgativa "New Scientist" se examinan varios escenarios del futuro, haciendo notar que, si la tendencia al calentamiento mundial continúa como hasta ahora, pudiera llegarse a situaciones apenas imaginables. Al decir de este artículo, sobrevivir con la cantidad actual de seres humanos, o incluso aumentarla, será posible "pero sólo si empezamos a cooperar como especie para reorganizar radicalmente nuestro mundo". En otra parte se apunta que para subsistir tendríamos que hacer algo radical: repensar nuestra sociedad no en términos geopolíticos sino de distribución de recursos.
Todo lo antedicho nos conduce de nuevo a la cuestión de la crisis mundial en curso ¿Puede pensarse en un final feliz tras la actual pesadilla? El sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein es un conocido estudioso de las tendencias a largo plazo de los sistemas económicos mundiales y, en ese sentido, un experto en pronósticos fundamentados. El análisis que expuso en una reciente entrevista arroja claridad sobre lo que viene ocurriendo al apuntar que esto no es sino "la fase final de un ciclo que se ha repetido muchas veces en los 500 años de historia del sistema capitalista" pero en la cual, ahora de manera excepcional, el ciclo coyuntural se ve agravado por otra crisis, más profunda, que se inició hace unos 30 años. El resultado, según su parecer, no será otro que el fin del sistema-mundo capitalista y la consiguiente transición hacia otro sistema. Qué tipo de sistema sobrevendrá en su sustitución es algo que dependerá, al decir de Wallerstein, de la solución del conflicto "entre el espíritu de Davos y el espíritu de Porto Alegre".
Sin dudas la cuestión principal es política, pero la alternativa de subsistencia de la humanidad representa un reto también en el orden científico tecnológico que tendrá que afrontarse según esquemas diferentes a la expansión tecnológica alimentada por el derroche consumista. Soy de los que piensa que será la ciencia de la sostenibilidad, y no precisamente la tecnificación mercantilizada, la que habrá de tener el más significativo aporte en el logro de un mundo mejor.
fUENTE. http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=37981




















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